Introducción

El conocimiento oculto, ha sido celosamente guardado, como los fragmentos de las enseñanzas herméticas y han llegado hasta nosotros desde los tiempos del Maestro Hermes Trimegistro, “el elegido de los dioses”, quien murió en el antiguo Egipto. Fue contemporáneo de Abraham, y de acuerdo con las leyendas, instructor de aquel venerable sabio. Hermes, desde el principio, fue el Gran Sol Central del ocultismo, cuyos rayos han iluminado todos los conocimientos que han sido impartidos desde entonces. La mayor parte de las bases fundamentales de las enseñanzas esotéricas, que en el transcurso de la historia han sido impartidas a la mayor parte de las civilizaciones, son originarias, en esencia, de las formuladas por Hermes. Aun las más antiguas doctrinas de la India, han tenido su fuente en las enseñanzas herméticas.

Desde la tierra del Ganges, muchos ocultistas avanzados, se dirigieron a Egipto para recibir las enseñanzas del Maestro Hermes. De él, obtuvieron la clave maestra, que al par que explicaba, reconciliaba sus diferentes puntos de vista, estableciéndose así firmemente su Doctrina Secreta.

Su influencia fue tan grande, que ha servido de base a la mayoría de las religiones, sea cual fuere el nombre con que se las conozca ahora, bien en las religiones muertas o bien en las actualmente existentes. La analogía salta a la vista, a pesar de los puntos aparentemente contradictorios.

La obra de Hermes, fue transmitida por sus discípulos de generación en generación, a un reducido número de hombres en cada época, los cuales, rehusando gran número de aficionados y estudiantes poco desarrollados, siguieron el proceder hermético y reservaron sus conocimientos para los pocos que estaban prontos para comprenderlos y dominarlos.

Estos hombres, no buscan ni la probación popular ni acaparar inmensas cantidades de estudiantes. Son indiferentes a esas cosas, pues saben que en cada generación, hay muy pocas almas dispuestas a conocer la Verdad, o de reconocerla si se les presentara ante ellos.

La mayoría de los Maestros se “reservan la carne para los hombres”, mientras que a los “niños le dan leche”, es decir, conservan sus perlas de Sabiduría para los pocos elegidos capaces de apreciar su valor y de llevarlas en sus coronas, en vez de echárselas a los cerdos, que las mancillarían y pisotearían, puesto que no entenderían.

Estos hombres, no han olvidado los preceptos de Hermes, respecto a la transmisión de estas enseñanzas, tenido presente lo que dice el Kybalión: “Donde quiera que estén las huellas del Maestro, allí, los oídos del que está pronto a recibir sus enseñanzas, se abren de par en par”. O también: “Cuando el oído es capaz de oír, entonces vienen los labios que han de llenarnos de Sabiduría”. Pero su actitud habitual, ha estado siempre estrictamente de acuerdo con otro aforismo del Kybalión que dice: “Los labios de la Sabiduría permanecen cerrados, excepto para el oído capaz de comprender”.

Y esos oídos incapaces de comprender, son los que han criticado y perseguido ésta actitud de los herméticos, y los que se han lamentado públicamente de aquellos que no hayan expresado nunca claramente, el verdadero espíritu de sus enseñanzas, sin reservas ni reticencias. Pero una mirada retrospectiva en las páginas de la historia, demostrará que la Sabiduría de los Maestros, quienes conocían la locura de intentar enseñar al mundo lo que éste no deseaba ni estaba preparado para recibir.

Los herméticos, nunca han deseado ser mártires, sino por el contrario, han permanecidos retirados, silenciosos, pero ante la ignorancia y la envidia, no ha muerto aún en la Tierra. Hay ciertas enseñanzas herméticas que si se divulgaran, atraerían sobre sus divulgadores un griterío de odio y el desprecio de las multitudes, las que volverían a gritar de nuevo ¡crucificadlo!… ¡apedrearlo!… . Dispararían flechas al corazón.

(continuará)

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