Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaún. se supo se estaba en casa. Acudieron tantos que ya no quedaba sitio ni a la puerta. Él les proponía la Palabra. Llegaron cuatro llevando a un paralítico y como no podían meterlo por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados”. Unos escribas que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros: “¿Por qué habla éste así?. Blasfema. ¿Quién puede perdonar los pecados fuera de Dios?”. Jesús se dio cuanta de lo que pensaban y dijo: “¿Por qué pensáis eso?. ¿Qué es más fácil: Decirle al paralítico tus pecados quedan perdonados o decirle, levántate, toma la camilla y echa a andar. Pues para que veáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la Tierra para perdonar pecados, entonces le dijo al paralítico: Contigo hablo, levántate, toma la camilla y vete a tu casa”. Se levantó inmediatamente, tomó la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban Gloria a Dios diciendo: “Nunca hemos visto una cosa igual”.
(Marcos 2, 1-2)
MEDITACIÓN
Señor, Tú eres Dios, Tú eres Amor, por eso quieres y puedes perdonar mis pecados. Y como signo inequívoco de Tu Divinidad, curás las parálisis que tantas veces me impide servir a los demás, cargar con las cruces de los demás. Por eso me dices con autoridad y me invitas con amor: Tus pecados quedan perdonados, toma la camilla de tu cruz y echa a andar detrás de Mi. Y te respondo: Señor, aquí estoy para hacer Tu voluntad.
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