Después de la Meca, fue siempre Medina en el transcurso de los siglos, la ciudad que atrajo mayor número de peregrinos, para visitar allí el sepulcro de Mahoma, en la magnífica mezquita que fundara el califa Walid I. Pero una de las ideas más abominables que tuvo el Profeta, era de ser adorado en vida o sus restos mortales. Él murió sin pompa alguna en casa de su favorita Aisha y fue enterrado en el suelo de esta casa, que más tarde fue cubierto con un mausoleo.

Su continuador y primer califa, su suegro Abu-Beker, dijo poco después de la muerte del Profeta: Los que adoran a Mahoma, sepan que Mahoma ha muerto, pero los que adoran a Dios, sepan que Dios vive y no morirá. Por eso la tumba del Profeta no debe recibir un culto especial, ni veneración a sus restos, ni invocación que le haga intercesor entre en creyente y Dios.

En verdad, Mahoma nunca se presentó al pueblo como personaje Divino, sino como “inspirado” por Dios, y no pretendió hacer milagros. Su misión fue dar a conocer o evidenciar, la verdadera religión Universal de un Dios único, que ya existía desde Adán y que ya Abraham, Moisés y Jesús habían predicado. Quizás por esto, no faltará quien considere al Mahometismo como una secta cristiano-judáica, adaptada a las necesidades mentales y ambientales árabes, aunque tal aseveración respetuosa, suponga a primera vista una herejía cristiana, judaica y musulmana.

Jerusalén, como tumba de Moisés, fue también lugar de peregrinación mahometana. La tradición es hebraica en cuanto supone el fallecimiento del Profeta hebreo sobre el monte Nebo, al este de la extremidad el mar Muerto, desde donde vio la tierra de Promisión, que no debería pisar, y fue enterrado en un valle de aquel país de Moab, a unos veinte kilómetros de Jerusalén, sin que nadie haya sabido nunca el lugar exacto de su sepultura. Pero los musulmanes suponen que se le dio sepultura en el miso lugar de su fallecimiento, y por ello construyeron en el monte Nebo, hoy llamado Yebel Neba, una mezquita que fue desde su construcción, un lugar de peregrinaciones mahometanas.

Y en Jerusalén, precisamente en el sitio donde se elevaba el templo de Salomón, construyó el califa Omar una magnífica mezquita, y en ese lugar, sobre una roca desde la cual dice la leyenda musulmana que se elevó Mahoma al cielo, levantó Abdelmelic, la rotonda con la gran cúpula, copiada del estilo de la basílica cristiana.

(continuará)

 
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