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Pasaje de Pascua 2010. Conclusiones
Publicaciones Orden del Temple - Senderos
Escrito por María de Aquitania   
Miércoles, 14 de Abril de 2010 00:00

 

El Pasaje de Pascua, celebrado en la Casa Madre de la Orden del Temple, ha sido un Pasaje ígneo, lleno de fuerza y espiritualidad. Han sido días donde hemos compartido las aportaciones de los hermanos y hermanas asistentes, en el aspecto de estudios espirituales, la fraternidad, la paz y el sosiego dentro de un intenso trabajo, y por encima de todo, el sentir dentro de nuestra Capilla de la Virgen del Temple, con la riqueza de los rituales Templarios, la liturgia, y la toma de Grados de varios hermanos y hermanas, culminando con un fervor y espiritualidad intensa, en que Nuestra Señora del Santo Espíritu y nuestro Egregor, nos han enriquecido con Su Luz.

No sólo ha sido nuestra Madre Tierra por la que hemos rogado, sino por todos aquellos que necesitan la protección del Cristo y Nuestra Señora, y dentro de ellos, muy especialmente, por todos los hermanos de la Comunidad, amigos, y seguidores de nuestros trabajos. Que Dios nuestro Padre, les bendigan a todos por su fidelidad hacia la Orden del Temple.

  

SOMOS SERES SOLARES

Somos Hijos de la Luz. El Cristo es el Sol del Espíritu, que nos da Luz y Vida. Esta Luz nos traspasa, pero sus rayos se distorsionan al llegar a nosotros, porque nuestra alma es impura, sobrecargada de defectos, vicios y otros productos de las tinieblas.

El Cristo nos llama continuamente para que seamos sus Soldados de Luz, pequeños soles transmitiendo los rayos Crísticos a los seres de la Tierra.

Nuestra alma está manchada, tapada, por una pantalla que le impide recibir correctamente el Sol, y esa pantalla es nuestro ego, nuestra personalidad ficticia, personalidad de conveniencia fabricada por nosotros mismos y que ahoga nuestro verdadero Ser.

Por medio de nuestros pensamientos, sentimientos, palabras y actos durante la presente vida y las anteriores, hemos creado causas cuyos efectos, han provocado en nosotros y lo siguen haciendo, dificultades, problemas de toda índole, enfermedades, disgustos, accidentes de todo tipo y nos conducen no solo a una muerte dolorosa, sino también a una vida exactamente igual en el más allá, porque todo lo que somos cuando transitamos, con nuestros fallos, defectos, deseos y pasiones, lo llevamos al otro plano. ¿Por qué no reconocerlo?. Reconozcamos, que todo lo negativo que nos agobia proviene de nosotros, que nada de ello viene de Dios, que es Amor Infinito y no condena ni castiga a nadie. Seamos sinceros con nosotros mismos. Conocemos algo de las Leyes Divinas, de la Ley de Causa y Efecto, de la de efecto recíproco de la analogía; conocemos pues lo suficiente, para comprender las Palabras del Cristo: “Lo que el hombre siembra, eso cosechará” y por consiguiente, lo que cosechamos ahora en nuestra vida presente, es el fruto de la siembra anterior.

Reconozcamos por último, que nosotros mismos y solo nosotros, somos los responsables de lo que nos ocurre y dejemos a los ignorantes, a los espiritualmente ciegos y sordos, el desatino de culpar de ello a Dios, el destino, o la buena o mala suerte.

Ha llegado la hora de decidir, con pleno conocimiento de causa, lo que queremos de verdad: Seguir atrayendo sobre nosotros mismos más problemas, más dificultades, más sufrimientos y más enfermedades, en esta vida y en la otra, o por el contrario, eliminar todos efectos negativos y empezar a subir hacia la Luz, hacia el Espíritu, a ser verdaderos Hijos de Dios, saliendo de la Ley de Causa y Efecto, para alcanzar la vida cósmica, pues con la fuerza del Cristo, ello está a nuestro alcance, pero a condición de tomar la decisión ahora, sin más dilación.

El Cristo nos ha llamado para ser sus Soldados Solares, Soldados de la Luz y para eso, es imprescindible que nos liberemos de nuestra carga de tinieblas, que sacrifiquemos nuestro ego humano, que nos esclaviza manteniéndonos atados a las cosas de este mundo y que nos impide acceder a la vida del Espíritu.

Es cierto que el camino de liberación parece dificilísimo, que uno no puede cambiar de un día a otro, que tenemos demasiadas cosas arraigadas en nuestra personalidad para sacrificarlas de golpe. Esto es cierto, si contamos exclusivamente con nuestras propias fuerzas, pero, ¿por qué no intentarlo con el Poder que el Cristo ha dejado a sus discípulos?.

Si de veras nos sentimos llamados a ser Soldados del Cristo e Hijos de Dios, y nuestro acercamiento a Su Milicia es una señal inconfundible, es que consciente o inconscientemente, sabemos ya que el Espíritu del Cristo está en nosotros, en este santuario interno que edificamos. Conscientes de Su Presencia, hagámonos humildes y obedientes, escuchemos Su voz en el silencio de nuestro corazón que nos dice: “Hijo mío, dame tu carga, confíame tu ego humano, deshazte de él poco a poco, exponiéndote a mi Luz redentora para que Yo lo pueda transformar y sigas Mi Sendero. Así conseguirás la liberación interna, que es la libertad en toda existencia y llegarás a estar libre de temor y preocupación, porque sabes que Yo estoy más cerca de ti que tus propios brazos y piernas, más cerca que tu hálito. Este sentimiento de felicidad, lo deben experimentar mis Soldados, pues necesito instrumentos de paz, libertad y unidad, para que haya Paz y Amor entre los hombres”.

Para alcanzar esta libertad, para cumplir con nuestra misión de Luz y Amor, el Divino Maestro solamente nos pide unas disposiciones del alma muy sencillas: Primero, empezar a ver lo bueno en todos, pues mientras solo veamos lo negativo en nuestro prójimo, es que nos preocupamos todavía de nuestro ego humano y somos esclavos de nosotros mismos. Cuando el prójimo esté orientado negativamente y nos critique, nos insulte o nos odie, veamos en él sólo lo bueno a pesar de todo, pues también está en él la llama del Espíritu y esta no puede ser negativa, pues viene de Dios.

Luego, aprendamos a perdonar; a estar dispuestos a perdonar a cada momento y también a pedir perdón por todo pensamiento crítico en contra de nuestro hermano, pues la crítica genera crítica y luego, desprecio y antagonismo.

Como Soldados del Cristo, deseamos profundamente la Paz, pero no puede haber Paz entre nosotros mientras sigamos viendo lo negativo en nuestro prójimo, mientras critiquemos y condenemos a nuestros hermanos, pues así nos ponemos en contra del mandamiento Crístico: “Amaos los unos a los otros, como Yo os he amado”. Sin embargo, tan pronto como cambiemos nuestro comportamiento, cuando veamos sólo lo positivo en nuestro prójimo sin tener en cuenta lo que él piensa, dice o actúa, entonces nuestra alma será más luminosa y más pura y entonces surgirá en nosotros la corriente del Amor y de la Misericordia Divina, y la Paz del Cristo entrará en nuestro corazón.

Hermanos, Hermanas, declaremos la guerra a lo negativo, a lo inferior, a nuestro ego humano. Hagamos todo lo que nos indica nuestro Maestro del Amor y Sabiduría. Amemos a nuestro hermano, veamos siempre lo bueno en él, perdonémosle y pidámosle perdón. Con ello, el Cristo vencerá en nosotros y nosotros venceremos con Él a nuestros demonios internos, a los huéspedes indeseables que se ocultan en las tinieblas de nuestra alma. El Cristo es la Luz del mundo, es nuestra Luz irradiante. Dejémonos traspasar por ella.

Recordad sus palabras: “Venid a Mi todos los que estáis agobiados y cansados que Yo os aliviaré”. Dirijámonos al Él, que vive en nosotros, pues somos los Templarios vivos de Su Espíritu. Con Él, todo es posible.

Que la Paz del Cristo esté con vosotros.

Non Nobis.

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